Fuente: Maribel Hastings y David Torres
08/12/2020

Donald J. Trump teme perder la reelección. Siente "pasos en la azotea" y está enfrascado en una frenética campaña, no para ganarle limpiamente al virtual nominado presidencial demócrata, Joe Biden, sino para sembrar en los estadounidenses dudas sobre los resultados electorales del 3 de noviembre.

Su nerviosismo es entendible tras la difusión de recientes encuestas que no lo favorecen, aunado a los números negativos en la economía —que según el propio departamento de Comercio coloca la baja del PIB en 32.9% en el segundo trimestre de este año—, como consecuencia directa de la pandemia de coronavirus que, tras un descuidado manejo oficial, mantiene a Estados Unidos aún como el epicentro de la propagación a nivel mundial, con más de 4 millones de contagiados y más de 160 mil decesos.

Por ejemplo, el sondeo de The Real Clear Politics reveló en junio que el vicepresidente Biden alcanzaba 48.3% de respaldo entre los votantes, frente a 42% de Trump. Cifras relativamente similares dio a conocer la encuesta de The New York Times y Siena College, que encontró un respaldo de 50% para Biden, ante 36% para Trump. Más revelador aún fue el descenso que el presidente tuvo, según el portal FiveThirtyEight, que también por esas fechas detectó que el actual mandatario contaba solamente con 42.9% de respaldo, frente a 45.8% de tres semanas atrás.

De ahí su descabellado comentario en torno a cambiar la fecha de las elecciones y su insistencia en que el voto por correo, tan vital particularmente en medio de la pandemia, se presta a "fraude", a pesar de que el propio Trump ha votado por correo al igual que muchos de sus familiares y asesores.

Porque el objetivo de Trump es tan claro como el agua: generar suficiente desconfianza en el proceso democrático electoral, de manera que el resultado, sobre todo si es en su contra, sea cuestionado por algunos sectores electorales. En el peor de los casos esto puede resultar en brotes de violencia o en largos procesos judiciales si, de darse el caso, Trump decide impugnar los resultados.

Es decir, su especulación electoral se adelanta a los hechos, revelando así la realidad inocultable de que ya una gran mayoría del electorado estadounidense se ha dado cuenta de la clase de presidente que tiene secuestrada la Casa Blanca para fines que van más allá de lo político.


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