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Hondureño ciego luego de recibir un balazo necesita $2 mil para traer a su hijo

September 19, 2012

Eduardo Darío Méndez Hernández perdió la vista y ahora necesita ayuda de la comunidad

Hondureño que quedó ciego tras haber sido asaltado y baleado en la cara, en incidente ocurrido en Durham, necesita la ayuda de la comunidad. Se le acaba el tiempo

SOLIDARIDAD CON EDUARDO

Puede enviar su cheque o Money Order a nombre de Eduardo Méndez a: Catholic Charites
P.O. Box 647, Durham, NC 27702

Catholic Charites será la organización encargada de recibir, colectar el dinero y ayudar para los trámites necesarios para que el hijo de Eduardo llegue a Carolina del Norte

Por Walter Gómez

DURHAM- Un hombre de origen hondureño que tras ser asaltado y baleado en la cara, quedó prácticamente ciego, necesita el apoyo y solidaridad de la comunidad para traer a su hijo desde su país, a fin de encargarse de su cuidado. “No hay nada mejor que tener a la familia a su lado. Es urgente que llegue antes de cumplir los 18 años (febrero del 2013) beneficiándose con una Visa U”, indicó a La Conexión, Eduardo Darío Méndez Hernández.

El dinero -$2.000- es para trámites y el boleto de avión, y aunque suena poco, no los tiene y lo que más le preocupa es que el tiempo se acaba.  “Mi hijo se siente triste porque yo estoy ciego y no tengo el dinero para que venga, por eso le pido a la comunidad su buena vo-luntad para recaudarlo”, dijo Hernández.

LOS HECHOS

El 14 de julio de 2007, Eduardo vio de cerca la muerte cuando alrededor de las 6:00AM fue a comprar su almuerzo en el complejo de apartamentos Crossroads, conocido como “la maldita vecindad”. “Subí al tercer piso, donde una señora vendía comida casera. Golpeé la puerta y como no salió nadie, me devolví”, recordó Hernández.

En el estacionamiento lo interceptaron unas personas que estaban tomando alcohol. “Me dispararon en la cara. Solo recuerdo que uno estaba muy tatuado, era el mayor del grupo y otro joven estaba detrás de él”, describió. “Yo solo llevaba $20, $8.50 para mi comida y el resto para po-nerle gas al carrito que me habían prestado”.

Eduardo estuvo cerca de 30 minutos tirado en el pavimento. “Me dijeron que un señor se apiadó y llamó al  911. Esto me salvó la vida”, explicó. De acuerdo al reporte policial de ese entonces, Hernández fue trasladado en estado crítico al hospital de la Universidad Duke en Durham. Horas más tarde, seis personas de origen hispano fueron detenidas y acusadas de asalto con arma mortal con la intención de matar e infligir lesiones graves.

“Me informaron que los sentenciaron a 10 años de cárcel. Casi me matan por robarme $20”, expresó. “Yo tenía miedo antes de ir a buscar la comida y dudé,  pero la necesitaba para llevarla al trabajo. Viví allí (en la maldita vencindad) un mes y salí por todo lo que veía que en el lugar ocu-rría”, manifestó.

LA PEOR PESADILLA

Luego de seis días en el hospital sin poder hablar, Hernández se recuperó y fue dado de alta. “La bala entró por el lado del ojo izquierdo, cortando el tendón y saliendo por el derecho. Perdí ese ojo y con el derecho, solo veo una sombra oscura”, indicó Eduardo.
Sin familiares en Carolina del Norte ni en Estados Unidos, un amigo lo fue a buscar al hospital, comenzando a vivir un nuevo capítulo que nunca se imaginó.

“No tenía dinero y sin ayuda, pasé hambre. Se aprovechaban de mí y me trataron como un perro. Deambulé de vivienda en vivienda y traté de sobrevivir sin trabajar. Ofreciendo realizar los quehaceres del hogar a cambio que me dieran un lugar y algo de comida”, relató. “Ahora vivo con un señor, Justo, en su departamento. Él me trata bien”. Aprendió de las instrucciones de una persona invidente cómo trabajar, usando el tacto; en una fábrica de colchones y esta semana iniciará una evaluación en la escuela para ciegos The Governor Morehead School de Raleigh.

“Primero me dijeron que serán cinco días y luego tres meses. Es una oportunidad para aprender y tener una formación que me permita trabajar”, anotó Eduardo. Mientras vive los peli-gros de andar en la calle  cuando va a comer al refugio, su rostro se ilumina con la esperanza de que su hijo llegue a Carolina del Norte.

“Muchos creen que pue-do ver. Me dicen que soy un haragán, pero solo uno sabe a diario lo que es enfrentarse a un carro cuando cruza una calle y no tener la posibilidad de tener a alguien de su familia a su lado”.

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